No hay peor sensación que el hambre. Y, sin embargo, en pleno 2026 seguimos tratándolo como si fuera un problema lejano, ajeno, casi invisible. El informe conjunto de la ONU sobre seguridad alimentaria (SOFI 2025) calcula que más de 673 millones de personas sufrieron desnutrición crónica durante 2024. Mientras en medio mundo la gente no sabe si podrá comer mañana, en el llamado mundo desarrollado tiramos alimentos sin pestañear. Y entre ese despilfarro obsceno también está la carne de caza. Un alimento natural, sano, sostenible y de enorme valor nutritivo acaba demasiadas veces pudriéndose en el monte por culpa de un sistema incapaz de gestionarlo. La burocracia asfixiante, las trabas sanitarias, la falta de logística, la ausencia de canales de distribución y el desprecio político hacia el mundo rural han convertido un recurso valioso en un desperdicio constante.
La realidad es clara: la carne de caza apenas llega al consumidor. No porque no exista demanda potencial, sino porque nunca se ha querido integrarla de verdad en los circuitos comerciales habituales. Mientras cualquier producto ultraprocesado ocupa metros y metros de estanterías, encontrar carne de caza en supermercados o grandes superficies sigue siendo casi imposible. A eso se suma el desconocimiento. Mucha gente no sabe cocinarla, cree que tiene sabores demasiado fuertes o mantiene dudas sanitarias alimentadas muchas veces por el alarmismo y la desinformación. Claro que hacen falta controles veterinarios rigurosos, especialmente frente a enfermedades como la triquinosis o la peste porcina africana, pero una cosa es garantizar seguridad y otra muy distinta levantar un muro burocrático imposible de superar. Porque ese es el verdadero problema: el sistema no funciona.
Las empresas del sector apenas pueden absorber la enorme cantidad de animales abatidos, especialmente jabalíes, cuya sobrepoblación obliga cada vez a realizar más controles. Se matarán miles de animales que luego no podrán transformarse ni comercializarse con normalidad. Y mientras tanto, toneladas de carne perfectamente aprovechable terminan abandonadas, sirviendo únicamente de alimento para carroñeros y favoreciendo nuevos desequilibrios ecológicos. Es un sinsentido absoluto. Por un lado, la Administración exige reducir poblaciones animales porque los daños en cultivos, accidentes y enfermedades son cada vez mayores; pero por otro, prohíbe o limita muchas actividades cinegéticas por cuestiones ideológicas absurdas y completamente alejadas de la realidad del campo. El resultado es una contradicción permanente: se obliga a controlar especies como el jabalí mientras al mismo tiempo se ponen trabas al cazador, se restringen modalidades y se dificulta cualquier aprovechamiento de la carne obtenida. Se legisla desde despachos muy alejados del barro, del monte y de la vida rural. Y como ocurre tantas veces, quien acaba pagando las consecuencias vuelve a ser el campo. Porque el campo está cansado.
Cansado de normativas interminables, de requisitos absurdos, de inspecciones pensadas más para sancionar que para ayudar. Cansado de políticos que hablan de sostenibilidad mientras permiten que se tiren toneladas de proteína natural y ecológica. Cansado de ver cómo se importan productos de peor calidad mientras aquí se desperdician recursos que podrían alimentar a miles de familias. Y también hay que decirlo claro: parte de la culpa es nuestra. El sector cinegético sabe movilizarse para defender tradiciones o para salir al monte, pero muchas veces guarda silencio cuando toca presionar de verdad. Falta unión, falta organización y falta plantar cara con firmeza. Porque mientras el campo siga dividido y resignado, nada cambiará.
La carne de caza no debería ser un lujo reservado a restaurantes caros ni al autoconsumo del cazador. Tiene potencial para ocupar un espacio mucho más importante en la alimentación: es carne limpia, natural, rica en proteínas y libre de muchos de los excesos de la ganadería intensiva. Pero para eso hacen falta mercados abiertos, canales de distribución eficaces, campañas de promoción reales y medidas que faciliten incluso su donación social. Lo que no se puede permitir es seguir tirando comida mientras el hambre avanza.
Y el problema va mucho más allá de la caza. Lo que está ocurriendo es el reflejo de un modelo donde la burocracia ha dejado de servir al ciudadano para convertirse en un obstáculo permanente. Cada año aparecen nuevas restricciones, nuevas prohibiciones y nuevas cargas para quienes trabajan y viven del campo. Por eso ha llegado el momento de reaccionar. No con palabras suaves ni con promesas vacías, sino defendiendo con claridad el derecho del mundo rural a sobrevivir, a producir y a mantener sus raíces. No podemos seguir mirando hacia otro lado, la caza tal y como la conocemos puede desaparecer.
Felipe Vegue. Presidente de ARRECAL
Artículo publicado en la revista Jara y Sedal
Imagen: Asiccaza