Hay personas cuya huella trasciende los cargos, las responsabilidades o el tiempo que ocuparon determinadas funciones. Personas que dejan una forma de entender la vida y una manera de defender aquello en lo que creían. Juan Antonio Sarasqueta fue una de ellas.

Hoy despedimos a una figura irrepetible del panorama cinegético español, a un hombre que dedicó gran parte de su vida a la defensa de la caza, del mundo del perro y de las tradiciones que forman parte de nuestra cultura rural. Su pérdida deja un vacío difícil de cubrir entre quienes tuvimos la oportunidad de conocerle y aprender de él.

Tuve el honor de ocupar su puesto al frente de la ONC, recogiendo el testigo de una persona cuya experiencia y trayectoria habían dejado una profunda huella. Más allá del relevo institucional, tuve también el privilegio de recibir sus consejos y escuchar sus vivencias; enseñanzas que marcaron muchas de mis decisiones posteriores y que me permitieron comprender mejor el funcionamiento de las instituciones cinegéticas en España. Porque Juan Antonio no solo transmitía conocimiento, transmitía también una manera de actuar, de afrontar los problemas y de entender la responsabilidad de representar a un sector.

Su legado fue el de la reivindicación permanente. Nunca entendió el silencio como una solución ni la resignación como un camino. En muchas ocasiones su capacidad de movilización, su insistencia y su empeño sirvieron de espoleta para las históricas y multitudinarias manifestaciones celebradas en Madrid en 2008 y muchas otras posteriores, donde miles de personas salieron a la calle para defender el mundo rural, los perros de caza, las rehalas y la actividad cinegética en general.

Pero reducir a Juan Antonio Sarasqueta únicamente a su faceta reivindicativa sería injusto. Su fuerza no nacía de la confrontación, sino de una profunda convicción humana. Todo lo observaba desde un prisma cargado de humanidad, cercanía y una forma muy personal de entender a las personas. Su carisma natural hacía que fuese escuchado incluso por quienes no compartían plenamente sus posiciones, porque hablaba desde la autenticidad y desde la experiencia de quien conocía profundamente aquello que defendía.

Fue un referente para la caza española, pero también para quienes encontraron en él un consejo, una orientación o una palabra sincera.

Las personas se marchan, pero algunas ideas y determinadas formas de luchar permanecen. Juan Antonio deja tras de sí una trayectoria de compromiso y una huella imborrable en la historia reciente de la caza en España.

Descansa en paz, Juan Antonio. Tu voz se apaga, pero tu legado seguirá acompañando a quienes continúan defendiendo aquello por lo que nunca dejaste de luchar.

Felipe Vegue