En la montería del poder, quien rompe las reglas acaba oliendo a miedo. Y esta vez, el viento sopla desde Washington. Quien lo diría… Pedro Sánchez, el cazador de titulares, el domador de cámaras, el que se paseaba por Bruselas como dueño del coto europeo, acariciando presupuestos y sonriendo con la fe del que se cree eterno. El mismo que volaba entre Caracas y Moncloa con la soltura del que juega a dos barajas: las lágrimas de los pobres y los jets privados de los suyos. Pues bien, el cazador de voluntades podría acabar disecado. Y no en el museo del socialismo sentimental, sino en el salón de trofeos de Donald Trump. Sí, el búfalo rubio, el magnate de corbatas imposibles y frases que hacen temblar a los traductores. El hombre que convirtió la política en un ojeo permanente, disparando contra todo lo que se movía. Y ahora, por instinto o venganza, ha olfateado algo en el monte ibérico: olor a gasolina venezolana, a maletines perdidos y a silencio comprado.

Este sainete internacional, que huele a petróleo y chantaje, ya parece una montería donde el montero se adentra demasiado. Y cuando el viento cambia, ni el mejor cazador distingue su olor del de la presa. Lo que antes se vendía como solidaridad con el pueblo venezolano suena hoy a financiación irregular y a sobornos disfrazados de cooperación. La fraternidad bolivariana tiene ese encanto: siempre la pagamos los mismos. Contribuyentes, funcionarios y españolitos que pagan la luz a plazos mientras el presidente predica justicia social y firma acuerdos con dictadores tropicales. ¿Y los predicadores de la transparencia? Silencio absoluto. Los que decían que Venezuela era una democracia asediada ahora ni balan. Se les atragantó el alpiste ideológico. Ya no saben si defender al jefe o fingir amnesia. Y el jefe, viendo que el horizonte se oscurece, mira hacia Washington con cara de venado que oye la ladra de los perros y comprende que la caza va en serio.

Porque esta vez el tiro no viene de Vox ni del PP, ni de los socialistas con conciencia. El disparo llega desde más lejos, desde un rifle americano cargado de billetes verdes y rencor republicano. Trump ha encontrado su pieza de lujo: un socialista europeo con aroma a escándalo y sabor a petróleo. Carne de investigación especial en Fox News. Y lo mejor —o lo peor— es que no lo hace por justicia, sino por deporte. Por puro instinto de viejo montero. No huele ideologías, huele a debilidad. Y cuando el hedor es tan fuerte como el del socialismo tras años de resiliencia presupuestaria, ni el mejor perfume institucional puede taparlo.

España, mientras tanto, caza a su propio pueblo: impuestos por aquí, normativas imposibles por allá, censura disfrazada de corrección política y subvenciones que cambian de manos más rápido que un cartucho en un ojeo de perdices. Todo bajo el estandarte del progreso, esa palabra mágica que sirve para justificar cualquier tropelía.

Y mientras la economía cojea, Sánchez sigue en su papel de diplomático de salón. Se fotografía con Biden, sonríe con Macron y lanza tuits heroicos sobre la defensa de la democracia global. Pero esa democracia se defiende mejor, al parecer, desde un palco con aire acondicionado y catering venezolano. Trump, que de tonto no tiene un pelo —aunque le sobren los que se peina al viento—, parece dispuesto a soltar el zarpazo. No por principios, sino por espectáculo. ¿Qué mejor forma de distraer a su electorado que mostrando al presidente español como trofeo exótico? “Spanish socialist caught in oil scandal”. Suena a titular de campaña y a colmillo afilado.

La ironía es brutal: Sánchez, el cazador que presumía de controlar el relato, podría acabar siendo la pieza más preciada de la temporada. Porque si algo domina el sanchismo, más que la gestión, es el arte de manipular la narrativa. Pero cuando la historia la escribe otro —y más si lleva gorra roja y acento de Queens—, ni Moncloa tiene maquillaje suficiente para tapar las manchas de sangre. España asiste, una vez más, a su tragicomedia favorita: la del político que se cree intocable hasta que alguien de fuera decide tocarlo.

Entre la caza mayor y el esperpento diplomático, el país observa resignado. Unos lo niegan, otros lo celebran, y la mayoría calcula cuánto costará en reputación, subvenciones y noches de tertulia. Pero no todo está perdido: aún quedan perros que muerden más que muchas rehalas políticas. Los de caza siguen su instinto y afinan su olfato. En cambio, en política, el instinto se pudre en codicia. Y esa no sirve para cazar, sino para devorarse entre compañeros. Sánchez, el cazador de jabalíes políticos, podría terminar acorralado por canes más fuertes en el último claro del monte. La prensa afila las plumas, los aliados callan y los lobos —de Washington o de Ferraz— ya huelen la sangre. El campo, siempre sabio, recuerda la vieja lección: quien desprecia las reglas de la caza acaba perdiendo el rastro. Y cuando eso ocurre, las alimañas se acercan. Y no hay gabinete de comunicación capaz de ocultar las huellas… cuando están impresas en fango y miedo.

Felipe Vegue. Presidente de ARRECAL

Artículo publicado en la revista Jara y Sedal