El tiempo, juez implacable, no ha dejado a ningún cazador sin volver a medirse con algo que muchos creían olvidado: el esfuerzo. Esta temporada, marcada por temporales persistentes, accesos imposibles y manchas anegadas, ha devuelto a la caza su verdad más antigua. Monterías anuladas por la imposibilidad real de acceder al monte y otras celebradas contra viento y agua han sido la norma. Y en estas últimas, más allá de los resultados, los monteros han vuelto a encontrarse con lo esencial: sacrificarse para llegar al puesto y resistir en él cuando el cielo no concede tregua. 

El clima no es un enemigo del cazador: es parte del juego. La lluvia, el frío, el barro o el viento forman parte del ciclo natural de la temporada y no deberían entenderse como una excepción, sino como una prueba más. Es cierto que los días grises pesan, que el bombardeo de alertas y malas noticias apaga las ganas y vuelve al cuerpo perezoso. Pero es precisamente después de enfrentarse al temporal cuando algo cambia por dentro. El ánimo se transforma, el cansancio cobra sentido y la jornada se recuerda con orgullo. 

Aguantar en el puesto bajo la lluvia o el frío no es sólo resistencia física, es respeto. Es entonces cuando se entiende de verdad el trabajo de rehaleros, muleros, guardas, postores y auxiliares. Oficios duros, muchas veces invisibles, que sólo se valoran en toda su dimensión cuando el cuerpo duele y el día se hace largo. 

Llevar el cuerpo al límite, con sentido común, no es una locura: es volver a escucharse. Es sentir cómo la adrenalina despierta algo que la rutina diaria va apagando poco a poco. Cuando nunca nos exigimos, el estrés se queda dentro, pesa, desgasta. Por eso quienes se enfrentan a días duros —en el deporte, en el campo o en la caza— acaban conociéndose mejor: saben cuándo apretar los dientes y cuándo parar. Y en ese esfuerzo, aunque duela, encuentran una satisfacción que llena por dentro. 

Muchos compañeros, después de las jornadas más duras de esta temporada, han descubierto límites que con la edad creían perdidos. Y los han superado. Al final del día, empapados, cansados y con el cuerpo castigado, se sentían sin embargo más fuertes, más enteros. Habían roto barreras que la vida cómoda actual nos hace olvidar. Porque después de una jornada infernal no te sientes peor: te sientes vivo. 

Nuestro cuerpo es mucho más fuerte de lo que creemos. Está hecho de músculos, huesos y una cabeza capaz de aguantar más de lo que imaginamos. Cuando lo ponemos a prueba no sólo ganamos fuerza: ganamos confianza. Volvemos a sentirnos útiles, capaces. Recuperamos esa sensación sencilla y profunda que muchos hemos perdido en una vida demasiado fácil: la de estar realmente vivos. 

Durante miles de años, el esfuerzo diario fue necesario para sobrevivir. Hoy casi todo llega sin levantarnos del asiento. Vivimos más cómodos, sí, pero también más alejados de nuestra naturaleza. El cuerpo humano necesita ser exigido de forma progresiva, aprender a resistir, a concentrarse, a confiar en sí mismo. No se trata de sufrir por sufrir, sino de recordar de qué estamos hechos. 

El clima, cambiante y a veces hostil, también influye en nuestra mente. La historia lo demuestra: los cambios climáticos han condicionado pueblos y civilizaciones enteras. No lo explican todo, pero forman parte del camino. Para el cazador, esta verdad no es teoría: se vive en cada jornada difícil, en cada puesto aguantado hasta el final. Porque la caza sin esfuerzo no es caza. Es comodidad disfrazada. Y cuando el hombre deja de esforzarse, empieza a olvidar quién es. 

Felipe Vegue. Presidente de ARRECAL

Artículo publicado en la revista Jara y Sedal