Gracias a la generosidad de grandes amigos que me acogieron y compartieron sus conocimientos, el mundo de la rehala y la montería se convirtió en mi pasión. Monteros y rehaleros, hombres y mujeres de corazón valiente que dedican su vida a sus perros y cuyo oficio y enseñanzas dejan huella en quienes aman la caza y la libertad, haciendo de esta modalidad algo único por sus reglas y espectacularidad. El rehalero merece ser tratado con el respeto que se debe a cualquier ocupación digna. Sin embargo, el alejamiento de las nuevas generaciones del sector primario y la pérdida del vínculo entre la caza y la subsistencia son realidades agravadas por el auge de las tendencias animalistas. Nadie sufre tantas obligaciones y tanto acoso como el rehalero.
En el pasado, la selección y crianza de los perros de rehala respondía a la necesidad de animales aptos para manchas y terrenos específicos. Esto permitió conservar razas ibéricas históricas que, de otro modo, habrían desaparecido en manos de criadores centrados en la belleza y no en la funcionalidad, propiciando enfermedades congénitas. Por ello, las rehalas deben seguir siendo guardianas de nuestras razas caninas más antiguas. Con el tiempo hemos tenido que adaptarnos a leyes, a veces absurdas, como la polémica ley de bienestar animal, y a otras amenazas provenientes de Europa. Sin embargo, las normas éticas y estéticas de la montería deben prevalecer.
Conservar la esencia
En los orígenes de la caza, el hombre y las bestias estaban igualados. Fue la elección del perro como auxiliar lo que inclinó la balanza. Con los avances técnicos el primero obtuvo una ventaja significativa, pudiendo abatir presas a distancia o en la oscuridad. Pero en la esencia rehalera esta conexión primigenia sigue viva. Lamentablemente, en algunas monterías la esencia se pierde por culpa de la comercialización excesiva, las prisas y el afán desmedido por los trofeos o la cantidad de animales abatidos. Estas prácticas, alejadas de la tradición, son aberraciones que tendrán consecuencias negativas en el futuro. Aunque la caza debe adaptarse, esto debe hacerse sin traicionar su esencia. En las rehalas, por ejemplo, es vital mantener el equilibrio entre las características de los perros y limitar al acoso de las reses para llevarlas a las posturas, evitando el abuso de perros de agarre.
Esta masificación de la montería y otras prácticas intensivas ha incrementado los riesgos en el monte. Por ello vestir prendas de seguridad es crucial, ya que pueden salvar vidas tanto en el caso de accidentes con armas como caídas, problemas de salud… El rehalero, a menudo el único que conoce bien la jornada y el comportamiento de los participantes, debe alertar sobre peligros que puedan surgir. Priorizar el afán de matar por encima de la seguridad o el respeto a la tradición va en contra de la esencia de la montería.
La caza implica quitar una vida, un acto que nunca debe ser tomado a la ligera. El respeto hacia las reses es el valor más alto. Esto incluye presentar las piezas con dignidad en la junta de carnes, evitarla en casos de descastes, y disponer de instalaciones adecuadas para el tratamiento de las canales. Además, es fundamental comenzar la montería temprano, evitando que los perros trabajen en condiciones extremas y facilitando su recogida a tiempo.
Garantes de la tradición
El sueño de una buena montería comienza mucho antes de la jornada: buscar la mancha, preparar el equipo, disfrutar el trayecto, el reencuentro en la junta, el sorteo, el puesto, el lance… Es un ritual cargado de emoción que culmina al cobrar la pieza, escuchar las ladras y vibrar con la pasión del perrero. La montería, sin embargo, debe ser juzgada el día después. Cada jornada es una página en el libro de experiencia del montero y del rehalero, cuyo día no termina hasta regresar a casa con todos sus perros. Valientes, nobles, resilientes, son ellos quienes mantienen viva esta tradición.
Felipe Vegue. Presidente de ARRECAL y de la Oficina Nacional de la Caza (ONC)
Artículo publicado en la revista Jara y Sedal