Los cazadores de la vieja escuela han entregado su vida al campo, a la tierra, a sus gentes, a unas costumbres que han acompañado a generaciones enteras. Conozco bien esa dedicación, esa conexión profunda que va más allá de una actividad: es una forma de vida. Pero, cada vez con más claridad, siento que algo se está perdiendo, y lo más doloroso es que parece que nadie se acuerda.

No es solo cuestión de la escasez de recursos, ni de los años que pasan ni de los achaques que trae el tiempo. Lo que realmente duele es la ausencia de visión, de equidad, de un compromiso común que proteja lo que aún nos queda. Y ya no sólo por nuestra parte, sino por parte de esas instituciones que, en teoría, deberían velar por el futuro de todos, por la preservación de un legado que nos pertenece.

Lo que antes era una forma de vincularse con la tierra, con nuestras raíces, con la cultura rural, se ha convertido en un privilegio para unos pocos, reducido a la transacción fría del poder del dinero y el interés personal. Ya no se trata de respeto ni de tradición, sino de un negocio que se aleja de lo colectivo, que ignora las generaciones que han dado todo para que esto siga siendo más que una simple actividad recreativa. El campo ya no es sólo un lugar; es una cuestión de memoria, de comunidad, de historia. Y es triste ver cómo se diluye bajo la sombra del poder, la especulación y la indiferencia de aquellos que deciden por todos.

Hoy, los cotos de caza —públicos o privados— ya no se gestionan pensando en la comunidad, en el relevo generacional o en la conservación. Se adjudican al mejor postor, excluyendo a quienes no pueden competir económicamente.
¿Dónde queda entonces la famosa intención de acercar a los jóvenes a esta actividad? ¿Qué oportunidades tienen quienes quieren aprender, integrarse, respetar y vivir en armonía con el medio?

La caza dejó de ser una escuela de vida. Dejó de ser el nexo entre generaciones rurales. Se ha vuelto un negocio que responde a intereses ajenos a la sostenibilidad, ajenos al sentido común. Ahora se trata de acaparar territorios, controlar recursos, levantar imperios personales en espacios que deberían ser para todos. El saqueo cinegético ha pasado de ser res nullius, patrimonio común, a convertirse en moneda de cambio para quienes entienden la naturaleza como un botín.
El campo, por sí solo, ya no puede defenderse. Y lo peor es que muchos de los que deberían protegerlo —administraciones, ayuntamientos, gestores públicos— han optado por mirar hacia otro lado. Se ceden terrenos antes sociales, se gestionan fondos con escasa o nula transparencia y se permite que quienes más tienen acumulen aún más. Todo esto bajo una lógica perversa de derechos adquiridos que nadie se atreve a revisar.

Lo más preocupante es la falta de relevo generacional. Sin jóvenes que tomen el testigo, el mundo rural se queda sin futuro. Y si no hay apoyo institucional, si no se ofrecen oportunidades reales, dignas, humanas, la única herencia que recibirán los que vienen detrás será la frustración y el abandono. En ese vacío donde no prosperan las malas prácticas: el furtivismo, la desmotivación, la desconexión total con el entorno. No podemos seguir alimentando un modelo que deja fuera a quienes no pueden pagar. La caza no debe ser una actividad elitista ni una excusa para depredar recursos. Tiene que volver a ser una herramienta para educar, conservar y cohesionar comunidades. Para eso no se necesita decisión política, reglas claras y, sobre todo, voluntad de proteger el bien común por encima del interés particular.

El respeto por el entorno no nace del lujo, sino de la conciencia. El conocimiento del campo no se compra, se vive. Y para que los jóvenes quieran quedarse necesitan espacios donde puedan aprender sin sentirse excluidos. Necesitamos políticas que aseguren que el acceso a la caza y al territorio sea justo, sostenible y respetuoso con todos los actores sociales. Esta no es una lucha contra la caza. Al contrario. Esta es una defensa de la caza bien entendida: la que educa, la que conecta, la que cuida. La que no convierte el campo en un tablero de poder, sino en una escuela de vida.

Me duele ver cómo se cierra el círculo. Cómo quienes podrían aportar quedan fuera. Cómo la democratización de la caza se vuelve una caricatura, limitada sólo a los que tienen acceso al club adecuado. Me niego a aceptar que la naturaleza y nuestras tradiciones estén en venta. La verdadera riqueza está en conservar, en compartir, en sostener. Si no cambiamos el rumbo, el mundo rural no sólo se despoblará: se deshumanizará. Y entonces ya no quedará nada que defender.

Felipe Vegue. Presidente de ARRECAL

Artículo publicado en la revista Jara y Sedal