Año tras año se repite el mismo deterioro sin que nadie ponga remedio. La llegada de la primavera, lejos de ser sólo un símbolo de regeneración, se ha convertido en el escenario de una degradación sistemática que se tolera con una pasividad alarmante. Mientras los ecosistemas entran en su fase más delicada, las agresiones se suceden sin control. Esta reiteración de daños, conocida por todos, exige una respuesta urgente. En este periodo crítico no cabe la indiferencia. La primavera exige vigilancia extrema y una actitud firme frente a cualquier práctica que destruya el campo. El uso de herbicidas y labores agrícolas sin respeto a los ciclos biológicos está arrasando la flora espontánea que sustenta la vida silvestre. No son daños menores: se elimina alimento, refugio y capacidad de reproducción para innumerables especies. Estas prácticas deben ser denunciadas y corregidas de inmediato.

A esta situación se suma la incertidumbre sobre la regeneración de las zonas afectadas por los incendios recientes. La población, tanto rural como urbana, desconoce qué medidas se están aplicando realmente. ¿Se permite la recuperación natural o se imponen actuaciones sin criterio claro desde la administración o instancias europeas? La falta de información y la percepción de medidas insuficientes aumentan la preocupación sobre el futuro del territorio.

Especialmente grave es el caso del conejo, especie clave en los ecosistemas mediterráneos y base de numerosos depredadores. En plena época reproductiva se aplican controles agresivos: uso de tóxicos, gases en madrigueras y destrucción de vivares. Estas prácticas rompen el equilibrio natural en el momento más sensible de su ciclo. Paradójicamente, las altas densidades de conejo en muchas zonas tienen origen en la propia acción humana: prácticas agrícolas, simplificación del paisaje e infraestructuras públicas favorecen su expansión. Sin embargo, en lugar de corregir estas causas, se recurre a métodos que agravan el problema.

Las consecuencias alcanzan a especies emblemáticas como el lince, que depende del conejo y sufre una elevada mortalidad por atropellos en zonas donde las infraestructuras concentran presas. Se genera así un desequilibrio doble: se altera la base del ecosistema y se incrementa el riesgo para los depredadores.

Las políticas agrarias no han logrado revertir esta situación. Con frecuencia han impulsado modelos que priorizan el rendimiento inmediato frente a la sostenibilidad, alejándose de la realidad del medio rural. Frente a ello, es necesario reconocer el papel de los cazadores, que contribuyen de forma directa al mantenimiento de los ecosistemas. Al mismo tiempo, crece la percepción de que parte de los recursos públicos destinados al medio ambiente no se traducen en mejoras reales, sino que se diluyen en estructuras, gastos y estudios con escasa aplicación práctica.

El deterioro del campo español exige medidas eficaces, transparencia y responsabilidad. La actividad agrícola es imprescindible, pero debe desarrollarse respetando los principios básicos de conservación. La primavera es una oportunidad para actuar. Proteger este periodo es clave para la supervivencia de las especies y la salud de los ecosistemas. La solución pasa por un cambio profundo en la forma de gestionar el medio natural. Es imprescindible un Ministerio de Medio Ambiente libre de la manipulación ideológica de la clase política de turno. Los técnicos existen, y muchos de ellos cuentan con una preparación y experiencia extraordinarias; lo que sobra es la interferencia de decisiones políticas marcadas por intereses cortoplacistas, desconocimiento del terreno e ideologías agotadas. No se puede seguir permitiendo que la ignorancia condicione la gestión de un patrimonio natural que no admite más errores. O se devuelve el protagonismo a quienes saben o el deterioro continuará sin freno arrastrado por una clase política que, en estos asuntos, ha alcanzado cotas intolerables de incompetencia, irresponsabilidad y desprecio por las consecuencias reales de sus decisiones.

Felipe Vegue. Presidente de ARRECAL

Artículo publicado en la revista Jara y Sedal