Recientemente se han vuelto a manifestar las asociaciones radicales animalistas en toda España. El motivo, una vez más, el no a la caza y, cómo no, la manida prohibición de la caza con galgos y otras razas o lo que es lo mismo, eliminar la esencia y evolución de la inmensa mayoría de las razas caninas.
No está nada mal entre quienes sólo conviven con mascotas y exprimen sentimientos y frustraciones en ellas. Asociaciones que no tienen entre sus postulados el admitir concesiones y prefieren una oposición total a la postura activa de defensa de la naturaleza que brindamos los cazadores. No es que les guste debatir temas como ética, razón y beneficio donde todos juegan un papel beneficioso para el medio ambiente y en el que todos podemos participar. En este reparto de papeles la naturaleza siempre pierde y unos siempre saldrán vencedores y otros vencidos según la política imperante en el país, y a estos lo estatal los maneja y beneficia.
Vivimos un tiempo donde la ciencia demuestra con datos el papel fundamental del cazador en la defensa de la naturaleza. El animalismo sigue la tendencia contraria y adquiere fuerza por su activismo radical, aumentando sus filas con todo tipo de ideales basados en suposiciones de indocumentados. Cualquier argumento que explique y demuestre beneficios de cualquier práctica tradicional y que la ciencia avale chocará indefectiblemente con el papel que de la percepción tienen estas personas hacia la naturaleza y los animales, mezclando, en un totum revolutum credo, sexos, razas y sus suposiciones, batiburrillo donde ningún proceso moral encuentra justificación.
Es muy complicado y difícil hacerse entender por personas que reflejan un muy particular estado emocional y han volcado en el animal bajo su “protección” fobias y trastornos personales y filias de abandono y falta de cariño. Animales que ni mucho menos están genéticamente predispuestos para aguantar además semejantes dosis de frustraciones personales. Siempre se justifican mostrando desmedidas muestras de amor hacia ellos y por la protección de los pretendidos males que a estos les causa al hombre. Muchos han llegado al animalismo por antojo de poseer un ser vivo y manejarle para satisfacer instintos primarios que no saben justificar, y esta es una forma de tortura que además tiende a dilatarse en el tiempo y está muy alejada de las necesidades reales de seres que nacieron con un propósito que no es precisamente la satisfacción de frustraciones personales.
Son muchos los deseos del habitante de las ciudades de interactuar con animales. Sólo conocen a los que viven en este ámbito, unas pocas especies domésticas y media docena de urbanas que malviven en estos entornos urbanos. Son demasiadas las suposiciones sobre lo que consideran como bienestar animal. Más bien son deseos basados en conjeturas que no podrán resolver si los dueños de mascotas quieren mitigar con ellos problemas personales de frustración, ira o animadversión social. Los animales se expresan con un lenguaje no apto para no iniciados y los sentimientos personales no cubren las necesidades reales que estos necesitan, causando con prácticas ridículas asombro entre los pocos conocedores de su etología.
En este tipo de grupos existe una mayoría que son tan radicales como pueden ser los hooligans, y ya sabemos cómo la cobardía encierra a las masas en una espiral de fracasos y frustraciones. En política, en deporte y en la guerra todo vale. La imposición, ideología y postulados, en el fondo, les hacen obtener la misma satisfacción que el que se consuela con una de estas nuevas religiones semejantes a estas fanáticas sin salmos de buenismo y postureo mediático.
Es la autocomplacencia de la superioridad moral que siempre ha marcado a minorías ideológicas, individuos que creen tener derecho, por vivir con una mascota y tratarla como a un hijo, a darnos lecciones de trato y bienestar animal. Una línea ideológica antinatural, radical e intransigente que quieren imponer a toda la sociedad y que desafía el sentido común.
Felipe Vegue. Presidente de ARRECAL
Artículo publicado en la revista Jara y Sedal