Lo último que leo en prensa y termina por enfadarme son noticias sobre la falta de relevo generacional del sector según un estudio del Instituto Pirenaico de Ecología adscrito al CSIC y tutelado por el Ministerio de Ciencia e Innovación, cuya responsable es Diana Morant, desconocida ministra a la que se le deben suponer sus méritos para llegar al cargo y que pretende aclararnos el tema tanto a neófitos como a cazadores. Resumiendo, ¡que a nuestro relevo ni las campañas en TikTok ni en el Instagram logran atraerlos al monte con una escopeta! Nos informa que hemos disminuido un 45% en las últimas cinco décadas y además sumamos más años que Matusalén, caminando como ciertas y escasas especias, hacia la extinción. La inmensa mayoría tenemos edades entre 60 y 70 años y los jóvenes de hasta 30 apenas representan el 5% de las licencias en vigor. Aclaran que esta situación se torna irreversible.
Justifican tan escasa reposición por el abandono de la agricultura y ganadería en las zonas rurales y otras causas que desde hace décadas están teniendo un efecto devastador sobre nuestro sector primario. Pero ojo, que aquí hay más problemáticas subyacentes que no se mencionan. Por ejemplo, ¿quién puede permitirse ser cazador hoy en día? Entre el precio de las licencias, el equipo, los permisos y las cuotas de los cotos hace falta un máster en economía para cuadrar las cuentas. Y hablando de cotos, algunos estatutos parecen más estrictos que las normas de un internado británico: no puedes cazar aquí o allí y si cazas, que sea estilo. Y, además, digo que esa falta de interés histórico no se refleja objetivamente en el informe y está sesgado por quien lo encarga. Y que yo sepa, ni nos han preguntado.
De este informe se deduce como causa principal una gran falta de interés por la caza entre los jóvenes. Les informo que, con la inflación, suficiente tienen ya con intentar pagar el alquiler como para pensar en invertir en una afición que, para colmo, requiere un madrugón y mucho sacrificio. Seamos sinceros, ¿quién quiere levantarse a las cinco de la mañana para perseguir un conejo cuando puedes quedarte en la cama viendo Netflix? Ya sin coñas, a mi juicio hay causas que en el estudio tan científico no interesa mencionar: la falta de caza menor y los escasos recursos financieros de los jóvenes que, además, soportan una importante mochila cargada con el egoísmo de un colectivo que se deja llevar por situaciones que en nada ayudan al neófito.
Y es que en la entrada de los jóvenes es casi imposible en sociedades privadas y sociales, resabidas y con integrantes metidos en años, todos con multitud de derechos de dudosa legalidad adquiridos en base a supuestos que ni el amo del castillo feudal, con derecho a horca, cuchillo y si te descuidas pernada, tenía. Estas barreras son difícilmente sorteables por los jóvenes, la mayoría nacidos en ciudades y por tanto carentes de los derechos tan constitucionales que estos estatutos contemplan y que favorece a los cuatro que van quedando. Derechos por nacimiento, nacimiento o vaya usted a saber y que, además, caso de hacerte un favor, la tarjeta te cuesta un ojo de la cara. Una barrera económica y estatutaria infranqueable para los jóvenes para ejercer como cazador y encima, sin derechos ni privilegios.
En otras circunstancias, sobre todo en la caza mayor, la acaparación de terrenos por unos pocos, pretendiendo hacer negocio con la caza, han encarecido el maná de ciertas especies hasta el paroxismo y su picaresca más ruin. Otros pocos, con infinitas posibilidades económicas, acaparan en exclusividad territorios cumpliendo la máxima de «unos pocos cazan mucho y unos muchos, que se las apañen como puedan». El intrusismo profesional de personas sin escrúpulos que quieren ganar dinero de cualquier forma, revendiendo la caza y suplantando empresas, comportándose como ella sin serlo, hacen imposible el camino de las acreditadas y necesarias para crear riquezas en zonas deprimidas de nuestro país. Son otras sucias maneras que encarecen y eliminan competencias sin aportar nada a cambio.
La falta de terrenos donde practicar la caza social es un deber que no cumple ninguna Administración autonómica, que se quita de encima los terrenos que titulariza. Están enajenados los territorios, que caen en oscuras manos e intereses, todo por la pasta, en otra forma de eliminar las posibilidades de los desfavorecidos y jóvenes para seguir cazando.
De seguir este estado de cosas y la tendencia actual, en 20 años los cazadores caeremos otro 60% como mínimo y tendremos una media de edad de entre 70 y 90 años, si es que podemos y nos dejan seguir activos. Y mientras, seguiremos preguntándonos si hicimos lo suficiente por acercar por acercas las maravillosas experiencias de la caza a nuestros relevistas y de quién fue la culpa, ¿nuestra o de los amiguitos que tenemos? El no plantarnos a tiempo y ser pasivos ante una desastrosa realidad terminará pasando factura a todos. Maestros aún quedan, aprendices muy pocos.
Felipe Vegue. Presidente de ARRECAL
Artículo publicado en la revista Jara y Sedal