Cuanto más dialogamos y reivindicamos la caza, más actores secundarios entran en escena y más difícil se hace contentar a todos. Ser leal a los representados y crítico con quienes emplean la ideología y nos quieren imponer proyectos legales sin discutir es, y seguirá siendo, la máxima regla que aplico en toda circunstancia y como responsable de entidades, en este caso cinegéticas. No entro a valorar otras consideraciones, ya que conozco, por experiencia personal, que todos los partidos siempre son favorables e imponen su lealtad institucional como premisa fundamental por delante de la moralidad y otros posibles valores. Siempre votan sin más consideraciones lo que manda el líder.

En este país las tendencias doctrinales influyen solo en teoría y únicamente parecen tener importancia cuando se trata de justificar cambios de opinión que tan frecuentes se han vuelto en políticos de la izquierda. Se pagan favores con beneficios personales; por tanto, negociar invocando el bien común es algo imposible, tanto como convencer a tanto ciego, sordo y mudo de que el puesto, el que pagamos los españoles, ganado por coleguismo, siempre tiene un mal final y de que hay miles de profesionales que pueden hacerlo mucho mejor y con un costo inferior a las abultadas cifras que cobran, contribuyendo a aumentar la desorbitada deuda pública del país.

Son cada día más recurrentes los argumentos que alejan a la clase política dirigente de los intereses de vida del sector primario. Los besugos sin ninguna formación ni conocimiento en materias de las cuales legislan no parecen entender nada de lo que les cuentas. Las órdenes son imponer su hoja de ruta, justificada con ingente burocracia, arrastrada por la intolerancia y apoyada por votos corrompidos en beneficios espurios. Proyectos que, para modificarlos, o se compran voluntades o no hay nada que rascar, y ya saben ustedes cómo se hace entre colegas. Nada se olvida más rápido que una ofensa cuando a los cretinos se les paga con favores o sobornos.

Conocí un tiempo en que en España negociábamos con nobleza y como adversarios con los intereses inherentes a cada cual. Eso ya pasó. Ahora, entre enemigos anda el juego. ¿Saben por qué digo esto? Porque el objetivo principal es destruir a la otra parte y siempre ganan los que tienen la jeta necesaria para fomentar la calumnia y la difamación. La nueva élite política ha puesto fin a décadas de diálogo y libertad. Las diferencias antes se arreglaban poniéndose en la piel del otro, algo que hoy en día ni se contempla. Se escuchan argumentos y se esgrimen con un cinismo vituperable.

Tras las últimas y recientes reuniones de la Oficina Nacional de la Caza (ONC) con varios representantes de organismos oficiales, mi impresión es que desde todos los frentes se preparan andanadas importantes contra todo lo relacionado con el sector primario. Cerca tenemos las pretensiones europeas sobre el reglamento europeo de núcleos zoológicos que contempla aberraciones imposibles como mantener los animales entre temperaturas de 10 a 28 grados centígrados y cada perro en superficie mínima según tamaño de cuatro a diez metros cuadrados. Y no hay que olvidarse del Código Penal en materia de maltrato animal: toda interacción con animales, con cualquiera, está sujeta al sinsentido de la interpretación del denunciante y todo es delito con multas bestiales y penas de cárcel.

Esperemos que el sentido común y la reflexión sirvan para resolver problemas y no para crear otros. Mientras, viviremos en el bochorno al que estamos sujetos los españoles por soportar a la clase que nos domina en el orden político y nos esclaviza en orden social.

Felipe Vegue. Presidente de ARRECAL y de la Oficina Nacional de la Caza (ONC)

Artículo publicado en la revista Jara y Sedal