En los últimos años, ciertos grupos ecologistas han encontrado en el impacto visual y en el espectáculo mediático su principal herramienta de supervivencia. Más que gestionar, informar o aportar soluciones, buscan titulares y flashes que apelen a la emoción antes que a la razón. Tras los recientes incendios forestales algunos decidieron improvisar una supuesta ayuda a la fauna salvaje, dejando montones de pienso en caminos y carreteras, muchas veces mezclado con cenizas. Una iniciativa tan improvisada como peligrosa: los animales pueden sufrir atracones, trastornos digestivos e incluso modificar su comportamiento natural. Lo que se presenta como altruismo puede acabar siendo un daño añadido.
El problema no se limita a gestos irresponsables. Estos colectivos se han especializado en lanzar campañas mediáticas plagadas de notas de prensa que pontifican más que informan. Afirman que «no hay soluciones fáciles», mientras lanzan advertencias veladas a los políticos culpándolos de futuras catástrofes si no atienden sus exigencias. Con sus presiones acobardan a responsables de Medio Ambiente, que a menudo ceden a discursos ideológicos en lugar de aplicar criterios técnicos. Y siempre con la misma estrategia: culpar a cazadores y agricultores, despreciar la gestión del mundo rural y eludir cualquier responsabilidad propia en la política forestal que ellos mismos han condicionado durante décadas.
Detrás de esta fachada se esconde algo más profundo. Muchos de estos grupos han aprendido a vivir cómodamente de las subvenciones bajo la apariencia de un activismo altruista. Y, en paralelo, ciertas corrientes políticas de izquierda radical han convertido el ecologismo en un vehículo perfecto para introducir ideologías y hojas de ruta en las instituciones y opinión pública. Se visten de verde, pero mantienen un fondo ideológico rojo. Cuando reciben críticas responden con insultos, victimismo y campañas de acoso, especialmente contra quienes defienden el medio rural, cada vez más cansado de tanta manipulación disfrazada de solidaridad.
No es necesario ir muy atrás en el tiempo para recordar episodios de “ecologismo performativo”: tartazos, pintura sobre cuadros de Van Gogh, Monet o Botticelli, activistas pegados a obras de arte. Gestos teatrales diseñados para captar atención, pero que generaron rechazo y deslegitimaron sus causas. Al comprobar que esa vía desgastaba su imagen optaron por una estrategia más sutil, pero no menos peligrosa: la infiltración en el debate público y en la acción política.
El riesgo está en el siguiente paso. En otros países ya se ha visto cómo ciertos colectivos han cruzado la frontera hacia la violencia directa. El Frente de Liberación Animal (ALF) o el Frente de Liberación de la Tierra (ELF) son ejemplos claros: sabotajes, incendios provocados, intimidación y destrucción bajo la bandera de una supuesta “justicia ecológica”. Lo que debería unirnos en la protección del medio ambiente termina convertido en una herramienta de confrontación y división.
El medio ambiente no se protege con pancartas de colores ni con tartazos en museos sino con gestión seria, responsabilidad y respeto al mundo rural. Si no frenamos a tiempo el ecologismo de escaparate acabaremos pagando todos el precio de sus errores: fauna desorientada, bosques mal gestionados y un campo abandonado a merced del fanatismo. Ya es hora de quitarles el disfraz y llamar a las cosas por su nombre.
Felipe Vegue. Presidente de ARRECAL
Artículo publicado en la revista Jara y Sedal