Yo lo he visto. He sentido en la piel el calor que quema a metros de distancia, he respirado el aire denso y negro que ahoga antes de que el fuego toque carne o hueso. No me lo han contado desde un plató de televisión ni lo he leído en informes llenos de palabrejas vacías. Lo he vivido aquí, en el campo, donde cada hectárea que arde es un golpe al corazón. Y mientras nosotros, los de aquí, peleamos con lo que tenemos a mano —un tractor, un remolque de agua, una pala— ellos, los políticos de moqueta y los ecologistas de subvención, siguen opinando desde la comodidad de un despacho. Nos hablan de protocolos, de zonas protegidas, de figuras legales que, según ellos, «garantizan la conservación». ¡Conservación! Lo que yo veo es abandono, prohibiciones absurdas y un monte que se convierte en yesca porque a nadie de arriba le importa limpiarlo o mantenerlo.

Me hierve la sangre cuando escucho a consejeros como el de Medio Ambiente de Castilla y León diciendo que la prevención invernal es «un gasto». Un gasto, dicen…. Como si fuera un lujo innecesario y no la clave para evitar que medio país se convierta en una pira funeraria cada verano. Ese hombre, y tantos como él, no merecen el cargo que ocupan. Deberían irse hoy mismo, y no por dimisión elegante, sino con una patada política por incompetentes.

Y no, no me olvido de esos colectivos ecologistas que se llenan la boca hablando de naturaleza mientras firman pactos con el Gobierno para asegurarse la subvención de turno. Nunca les he visto sudar con una manguera en la mano o jugársela entre llamas; pero sí les he visto señalarnos a nosotros, los del mundo rural, como si fuéramos los culpables de todo. Tienen la habilidad de convertir la tragedia en un discurso rentable.

En Zamora, León, Ávila, Palencia… ya hemos visto el precio de su inacción y sus políticas. Bosques que tardaron décadas en crecer se han reducido a cenizas en días. Y mientras, en naves y almacenes, maquinaria y recursos para prevenir permanecen parados, sin adjudicar, porque la burocracia y la corrupción pesan más que la vida de un pueblo.

Yo he visto llorar a hombres que jamás se quebraron ante nada, al ver su tierra convertida en polvo negro. He visto a mujeres sacar a sus hijos a toda prisa mientras el humo cubría el cielo. Y a esos mismos políticos que ahora se golpean el pecho ante las cámaras, no los vi aquí. No pisaron ceniza, porque la ceniza mancha y no queda bien en las fotos oficiales.

Que se queden en sus oficinas, disfrutando del desastre que han permitido, ellos y sus amigos ecologistas de sofá. Porque aquí, en el campo, seguimos nosotros: los que no cobramos por defender la tierra, los que no necesitamos protocolo para saber dónde cortar el fuego, los que hemos heredado un patrimonio natural que generaciones antes cuidaron con sudor y que ahora otros, desde la distancia, destruyen con decretos.

Yo no me callo. Y aunque ellos se reúnan en sus mesas redondas para fingir soluciones, aquí seguiremos apagando incendios con las manos si hace falta. Porque el fuego, como la mentira, solo se combate con verdad. Y la nuestra es esta: España arde no por el calor del verano, sino por el frío de la incompetencia.

Felipe Vegue. Presidente de ARRECAL

Artículo publicado en la revista Jara y Sedal