La peste porcina africana no aparece porque sí. Quien lo afirma simplemente elude responsabilidades. Y como dice el refrán, aplicable palabra por palabra a ciertos despachos políticos: «Listo es aquel que sabe hacerse el tonto frente a un tonto que se cree inteligente». En sanidad y gestión del territorio sobran los que se hacen los listos y abundan los que, creyéndose más inteligentes que el propio campo, lo están poniendo en riesgo.
Pedir al cazador que se disculpe por cazar es exigirle al territorio que pida perdón por seguir vivo. La caza no es un lujo ni un vestigio del pasado: es un engranaje esencial del equilibrio rural que muchos desconocen o prefieren ignorar. El campo no es una postal urbana, es un sistema que se desploma si nadie lo sostiene. Y quienes lo sostienen —los cazadores— son precisamente los que algunos pretenden marginar por puro prejuicio ideológico.
El cazador actúa como el centinela sanitario más eficaz que tiene España. Miles de ojos recorren a diario miles de kilómetros, acumulando observaciones que ningún cuerpo técnico puede igualar. Detectan anomalías en tiempo real y alcanzan zonas donde la Administración no llega ni llegará. A pesar de esta realidad, ciertas instituciones continúan interponiendo trabas absurdas, trámites inútiles y normativas improvisadas que entorpecen el trabajo en lugar de ordenarlo.
La Junta de Castilla y León es el ejemplo perfecto de cómo la improvisación política puede destruir la gestión del territorio. Un día dice una cosa, al siguiente la contraria; instrucciones sin coherencia, normativas sin base, decisiones sin estrategia. El resultado es un desconcierto generalizado que provoca inseguridad jurídica y obliga a muchos cazadores a abandonar su labor porque trabajar en esas condiciones es imposible. Esto no es gestión: es abandono institucional envuelto en burocracia. Cuando la ideología sustituye a la ciencia y la oficina pretende reemplazar al terreno, el riesgo se extiende a todos.
La caza sostiene la última economía real de muchos pueblos. Allí donde ya no queda nada queda esta actividad que mantiene bares abiertos, talleres en funcionamiento, perreros trabajando y alojamientos ocupados. Atacar la caza mediante barreras administrativas arbitrarias no es un ataque a los cazadores sino a los propios pueblos que dependen de ella para sobrevivir. Debilitar la actividad cinegética es debilitar la estructura económica más resistente que le queda a la España rural.
Los cotos, además, realizan tareas que deberían considerarse auténtico servicio público. Mantienen caminos rurales, limpian cortafuegos, garantizan puntos de agua y gestionan el combustible forestal. Si estas labores desaparecieran una sola temporada, los mismos que hoy las cuestionan se llevarían las manos a la cabeza. Pero mientras tanto, continúan levantando obstáculos ideológicos contra quienes evitan incendios y sostienen biodiversidad con trabajo real, no con discursos vacíos. El campo español vive gracias a la gestión, no gracias a la fantasía urbanita de que la naturaleza se regula sola.
El cazador posee un conocimiento del terreno que ninguna oficina podrá imitar jamás. Reconoce desequilibrios antes de que aparezcan en un informe y detecta problemas cuando aún no tienen nombre. Sin embargo, ese conocimiento empírico es despreciado por quienes creen que un cargo o un título bastan para entender el campo. Confunden datos con realidad, mapas con territorio y teoría con vida. Cuando se ignora al que realmente sabe, el que paga es el terreno.
La caza no necesita excusas. Las necesitan, más bien, quienes la obstaculizan sin criterio técnico ni conocimiento directo del campo. El verdadero problema no es la actividad cinegética, sino las barreras ideológicas, improvisadas y desconectadas de la realidad impuestas por ciertas administraciones que legislan sin entender lo que gestionan. El territorio no puede sobrevivir bajo decisiones tomadas desde el desconocimiento y el prejuicio. La caza no es el problema: el problema es quienes, sin saber, quieren imponer su ignorancia al territorio.
Felipe Vegue. Presidente de ARRECAL
Artículo publicado en la revista Jara y Sedal