De nada sirve creernos hombres de principios si, por firmes que sean nuestras convicciones, terminamos cediendo ante la presión social.
Por el temor a la exclusión o al juicio del grupo que muchas veces nos empuja a abandonar lo que somos, a diluir nuestra identidad entre la masa. Cambiamos autenticidad por aceptación, verdad por apariencia. En este contexto, siempre he sostenido que, si realmente quieres conocer a fondo a una persona, con todas sus luces y sombras, caza con ella. En el monte no hay máscaras ni escaparates. Todo lo que uno es termina saliendo a la superficie. La caza tiene la virtud de desnudar el alma.
No hay discursos que valgan si tus actos los contradicen en plena faena. La caza, como otras actividades intensas y exigentes, pone a prueba la paciencia, la ética, el carácter y la capacidad de cooperar. En ese escenario afloran tanto las virtudes como la responsabilidad, la generosidad y la templanza, y cómo no, los defectos: impaciencia, egoísmo, falta de autocontrol. Porque al final un hombre no se define por lo que muestra frente al mundo, sino por cómo actúa cuando nadie lo está mirando. He visto amistades forjarse en la espera silenciosa, al compartir un termo de café, una mirada cómplice o un gesto desinteresado.
El verdadero compañero es no quien presume de trofeos sino quien te cede el puesto bueno sin decirlo, quien carga contigo sin quejarse, quien celebra tu acierto como si fuera suyo. Ahí se construye un vínculo auténtico, de esos que no se rompen con el tiempo ni con la distancia.
Por el contrario, también he visto cómo la avaricia y el egoísmo contaminan lo que debería ser noble. Hay quien sólo busca acumular piezas, competir en vez de compartir, manipular situaciones por su propio beneficio. Esas actitudes no sólo rompen la armonía del grupo, sino que desvirtúan el verdadero espíritu de la caza. Quien entra en soberbia regresa vacío, aunque su morral esté lleno.
En este tiempo moderno, además, hay otro fenómeno que amenaza con distorsionar no sólo la ética práctica: la tecnología mal entendida. El uso excesivo de dispositivos, cámaras térmicas, visores digitales, localizadores en tiempo real, drones… que ha llevado a muchos a una especie de caza sin alma. No se trata de rechazar la evolución ni de despreciar las herramientas que, bien usadas, pueden aportar seguridad y eficiencia. Pero cuando el cazador se convierte en un técnico detrás de una pantalla se pierde la esencia. Se prostituyen los sentidos: ya no se escucha, no se rastrea, no se interrumpe el monte. Se deja de sentir ese íntimo contacto con la naturaleza, el ejercicio del silencio, la observación, el conocimiento del terreno, la interpretación de rastros… Todo eso es parte del alma del cazador. La tecnología mal aplicada no sólo atrofia esas capacidades, sino que borra entre la ética y la trampa. Nos aleja del respeto hacia la pieza, hacia entorno y hacia nosotros mismos. Al final, si todo se resume en apretar un botón desde lejos, ¿qué queda del espíritu que forjó a los antiguos cazadores?
La caza es una escuela de vida. Enseña a esperar, a fallar, a respetar los ciclos naturales, a compartir el éxito y a aceptar la derrota. Enseña a mirar hacia adentro, a valorar el compromiso por encima del resultado. Y en ese proceso, lo que se consigue no es solo el monte, sino el verdadero rostro de que te acompaña… y el tuyo propio.
Por eso, cuando un ciclo termina, una temporada, un año, una etapa, no son las piezas cobradas lo que más pesa en la mochila. Lo que perdura son los silencios compartidos, las risas tras un día duro, las decisiones tomadas con honor, los gestos que dicen más que mil palabras. Más allá del disparo, la caza es un espejo que refleja con fidelidad lo que llevamos dentro. Por eso, quien quiera presumir de trofeos que empiece por mostrarse digno de ellos. Y quien quiera cazar bien, que primero aprenda a caminar entre los suyos.
Felipe Vegue. Presidente de ARRECAL
Artículo publicado en la revista Jara y Sedal