Hay palabras que quizá no aparezcan en ningún diccionario, pero que sirven para describir perfectamente algunas situaciones de nuestro tiempo. Una de ellas es estupidocracia.
Vivimos en una sociedad en la que cualquiera puede opinar de cualquier cosa, tenga o no conocimiento sobre aquello de lo que habla. Y no hay nada malo en opinar. El problema aparece cuando confundimos opinión con conocimiento y, todavía peor, cuando pretendemos convertir nuestra opinión en una verdad absoluta.
En el mundo de la rehala estamos viviendo algo parecido. Se habla mucho de cuánto debe cobrar una rehala por acudir a una montería. Se escuchan cifras, argumentos, comparaciones y opiniones de todo tipo. Y después de escuchar a muchos propietarios de rehala, mi conclusión es bastante sencilla: no existe un precio universalmente justo para todas las rehalas.
Y quiero dejar algo muy claro desde el principio: cuando doy una opinión no pretendo sentar cátedra. No tengo ninguna intención de decirle a nadie cuánto tiene que cobrar por su rehala, cómo debe llevarla o cómo debe desarrollar económicamente su afición. Hablo desde mi experiencia, desde lo que conozco y, sobre todo, desde lo que he escuchado a muchos rehaleros.
Porque escuchar es fundamental. Pero también he aprendido otra cosa: escuchar muchas opiniones puede enriquecer un debate, pero también puede destruir argumentos y aumentar la confusión cuando se mezclan conocimientos, intereses y simples ocurrencias como si todo tuviera el mismo valor.
Una rehala cuesta dinero. Mucho dinero. Los perros comen todos los días, haya montería o no. Hay que pagar piensos, carburantes, veterinarios, vacunas, medicamentos, seguros, mantenimiento de instalaciones, vehículos, remolques y un largo etcétera. Hay desplazamientos y horas de trabajo. Hay perros que se lesionan, vehículos que se averían y gastos que aparecen cuando menos se esperan.
Y mientras tanto, los costes han ido aumentando. Por eso resulta sorprendente que todavía haya quien piense que el precio de una rehala puede permanecer congelado durante años.
La inflación no se ha detenido para los rehaleros. El pienso no cuesta lo mismo. El gasóleo no cuesta lo mismo. Los servicios veterinarios no cuestan lo mismo. Los medicamentos no cuestan lo mismo.
Entonces, ¿por qué debería valer lo mismo el trabajo de una rehala?
Pero tampoco sería justo establecer una tarifa universal. No es lo mismo una rehala que otra. No tienen los mismos perros, la misma preparación, la misma experiencia, los mismos desplazamientos ni los mismos gastos. Tampoco es igual acudir a una montería entre amigos que trabajar en una montería contratada, a cientos de kilómetros y con unas exigencias determinadas.
Por eso creo que cada propietario debe conocer sus números y establecer el precio que considere necesario para que su rehala sea sostenible.
Después será la oferta y la demanda la que determine si ese precio encuentra su sitio. Esto no debería generar enfrentamientos. Lo que sí debería desaparecer es la idea de que quien paga una montería puede decir aquello de “yo pago, yo exijo” como si el dinero comprara también el derecho a menospreciar el trabajo de los demás.
Pagar permite exigir aquello que se ha contratado y que se cumplan las normas. Pero no convierte al rehalero en un trabajador de segunda categoría.
El rehalero también madruga. También hace kilómetros. También arriesga. También mantiene sus perros durante todo el año. Y también tiene derecho a que su trabajo tenga un precio digno.
La caza, además, tiene muchas realidades. Hay costumbres comarcales profundamente arraigadas, diferentes formas de organizar monterías y distintas maneras de entender la rehala. Pretender meter todo eso en el mismo saco es desconocer la riqueza y la complejidad de nuestra actividad.
Por eso tampoco considero que las organizaciones debamos convertirnos en una especie de sindicato que marque una tarifa obligatoria para todos.
Nuestra responsabilidad es defender al colectivo, escuchar sus problemas, trasladarlos, buscar soluciones y reclamar aquello que consideremos justo.
Pero la decisión económica de cada rehala corresponde a su propietario. Los buenos no pueden proteger permanentemente a los malos. Quien invierte más, trabaja más o ofrece una determinada calidad debe poder valorarla como considere oportuno.
Y quien tenga otra realidad tendrá también derecho a establecer sus propias condiciones.
Eso es libertad.
Y precisamente porque defiendo esa libertad, también defiendo la libertad de discrepar.
Yo puedo expresar mi opinión y otro rehalero puede pensar exactamente lo contrario. Y no pasa nada.
Mi opinión no es una sentencia. No es una ley. No es una cátedra. Es simplemente mi forma de interpretar una realidad después de haber hablado con muchas personas y de haber vivido durante años el mundo de la rehala.
Y quizá ahí esté una de las claves que estamos perdiendo.
Debemos aprender a escuchar sin convertir inmediatamente al que piensa diferente en un enemigo.
Debemos ser capaces de debatir sin pretender que nuestra opinión sea la única válida.
Porque cuando escuchamos para aprender, enriquecemos.
Cuando escuchamos para contestar, apenas aprendemos.
Y cuando acumulamos opiniones sin conocimiento, terminamos destruyendo los argumentos que realmente importan.
Por eso, antes de decirle a un rehalero cuánto debe cobrar, quizá deberíamos preguntarle cuánto le cuesta mantener su rehala.
Antes de juzgar su precio, conocer sus gastos.
Antes de exigirle, reconocer su trabajo.
Y antes de pontificar sobre las rehalas, haber vivido alguna vez lo que significa mantenerlas.
Porque detrás de cada perro hay alimentación, cuidados, sacrificio, kilómetros y muchas horas.
Y detrás de cada rehalero hay una decisión personal que debemos respetar.
Yo seguiré dando mi opinión. Lo haré con la libertad de quien no pretende sentar cátedra, pero también con la responsabilidad de quien conoce y quiere defender este mundo.
Y si alguien piensa diferente, perfecto.
Que lo argumente.
Que lo explique.
Que lo debatamos.
Pero que no pretendamos convertir nuestras opiniones en dogmas.
Porque la rehala necesita menos dogmas y más conocimiento.
Menos ruido y más realidad.
Y, sobre todo, más respeto por quien todos los días paga de su bolsillo el precio de mantener viva esta tradición.
Felipe Vegue. Presidente de ARRECAL